martes, 27 de octubre de 2009

en Doña Antonia...

entre paraguas y elefantes


Doña Antonia está nerviosa, aunque desde fuera no lo parezca. Es un estreno alborotado. Pero todo parece ir bien; el micrófono funciona, después de tantos problemas; Estelle Talavera Baudet y Óscar Aguado llegan a un local que en principio parece vacío pero que después se va llenando poco a poco, no demasiado, pero suficiente para ser considerado como una reunión intima.

Los poetas que inauguraron este ciclo de poesía, apenas se conocían, al menos nunca se habían encontrado cara a cara y, sin embargo, una vez delante del micrófono, abrieron sus paraguas, soltaron a sus elefantes (rosas y de todos los colores), y leyeron sus poemas como si fueran un solo poema inacabable (inacado, interminable). No eran palabras, no eran versos lo que salían de sus bocas. Era una sensación que carece de nombre, como carece de forma, que se extendió por el local y que nos hizo reir, sorprendernos, aplaudir, disfrutar; que nos hizo deslizarnos por el lado suave, al tiempo que espectacular, de Estelle, y por el lado tierno, a veces oscuro, de Óscar. Su complicidad era tanta que se expandió y contagió al público presente.


Estelle, como dijo en la presentación Iñaki Echarte Vidarte nos invitó a coger un (su) paraguas, coger carrerilla y volar, las tres partes en las que se divide su poemario 27 paraguas (Los libros de El problema de Yorick, 2009), mientras quedaba suspendida entre las palabras de Óscar, un hombre sin lugar de nacimiento fijo, que tiene “un desierto en cada mano / en el ombligo una cerradura”, y que nos cantó su Canción de cuna para un héroe (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2008).

Por allí estaba el poeta Rafael Talavera, el equipo de la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker, capitaneado por Marcus Versus, el poeta, director de cine (y hombre renacentista) Francisco Brives, la escritora Marina Sanmartín, que publicará próximamente en Baile del sol y gente que, sin apenas conocerse, conecto de manera casi instantánea, de una manera casi mágica. (Perdonen si me olvido de alguien o no pude reconocerlo).

Ojala todas las tardes que pasemos en Doña Antonia sean como esta, llenas de magia, de versos que no siempre rimen (no siempre tienen que rimar), de cervezas, de nuevos (y viejos) encuentros. Tardes de poesía que nos llenen los manos de versos colgantes y los oídos de besos enredados.